Los artistas y el mojo

Scott Carey



Mojo, en la creencia popular afroamericana llamada hoodoo, es un amuleto que consiste en una bolsa de franela que contiene uno o más elementos mágicos. Es una "oración en una bolsa", o un hechizo que puede llevarse con o sobre el cuerpo del anfitrión.

Wikipedia


El mojo es, como saben, una sustancia inconcreta, que hace que las personas y los objetos sean sexys. Unos días tienes mucho mojo, otros poco y otros nada.

Guillem Martínez




Los artistas andamos escasos de mojo. Eso no es de ahora, si no de hace un buen tiempo. El mojo, además, es esquivo. Uno lo tiene y de repente algo se tuerce y desaparece. O va y viene. O no lo tiene ni lo tendrá nunca y ni modo. El mojo es un magnetismo que no ha de confundirse con el atractivo de bar o la desfachatez del seductor. Es ante todo poder, pero un poder invisible. Sabiduría que se comparte generosamente y sin alardes. Tiene que ver con el ego pero sólo tangencialmente. Libido materialista y antiautoritaria, capaz de reírse de sí misma. Algo que crece como los hongos silvestres, en ciertas condiciones pero sin cultivo premeditado. Así es eso, idealmente.


Que los artistas estamos faltos de mojo queda en evidencia cuando unos botarates se ponen a pergeñar listas negras. Entonces está claro que no tenemos voz, ni palabra. Apenas balbuceamos y lo que se escurre entre los labios no alcanza. Nos cuesta encontrar, por ejemplo, los términos con los que elaborar comunicados, por eso su redacción es como el parto de un ternero y lo que resulta es una prosa machirula como de tractor viejo. Sin mojo.


Los artistas deberíamos hacernos merecedores del respeto y el aura que en algunas culturas se le reserva a los ancianos, a los niños, a los brujos, o a ciertos animales. Una voz, un abrazo al que acudir en tiempos de zozobra, una alegría para compartir en tiempos de cosecha. Un porvenir en el horizonte.


Pero no, andamos en otras cosas. Últimamente sobreviviendo y al garete, esquivando a la muerte, buscando chamba. Antes, no hace tanto, fungiendo de profesionales; postrándose ante el rey de España; gentrificando para la mafia en el Callao; posando para COSAS; compartiendo mesa de gala con la ultraderecha española en Madrid; celebrando ferias en recintos militares y en museos; haciéndoles ojitos a los mineros, banqueros, abogados y publicistas; sonriendo a cada descuento, buscando la puerta de los museos; subastándonos; santificando beatamente -y por tanto despolitizando- a Inti y a Bryan; dejando que una corporación multinacional alemana dicte la agenda de lo público en Lima; perdiendo el tiempo en polémicas deshidratadas, confundiendo trayectoria y praxis curatorial con cambio de época.


Todo eso, de a pocos, sirve para irla pasando, -y que no se tome como un reproche, porque nadie puede tirar la primera piedra-; pero como colectividad, no hay mojo que lo resista.



Un arte suyo


El arte les pertenece, es suyo. Lo hemos puesto en sus manos. Eso es algo que no parecen entender Cuauhtémoc Medina ni Doris Salcedo cuando denuncian, quejándose, el reciente uso demagógico y sin criterios museográficos de las salas del Museo Nacional en Bogotá, por parte del presidente colombiano, para celebrar un supuesto diálogo con el que blanquear su política asesina. El arte es suyo, no de Duque y sus ministros en concreto, si no de la clase a la que pertenecen, ellos y los coleccionistas a cuyo diktat y a cuyo dinero se ha ido acomodando todo. Una plutocracia que ha hallado en el arte contemporáneo un activo más para la construcción de su imagen y status. Una operación, una transacción para ser más exactos, que por defecto desactiva nuestra agencia: el mojo.


El arte les pertenece porque aceptamos con gusto la lógica de un marco I+D+I (Investigación + desarrollo + innovación) bien neoliberal. Con formatos más propios de exigencias burocráticas que priorizan la circulación de productos suntuarios y su encaje en las cadenas productivas. Sin preguntarnos sobre los costos de acoplar nuestros afanes en esta maquinaria, sin pensar en quienes podrían ser los verdaderos destinatarios de nuestro trabajo. En vez de dialogar con el público hemos optado por callar e hipotecarnos con el mercado. Hemos aceptado la quimera de la profesionalización, y dar por valida la línea de montaje sin fin -ideológica, especulativa y productiva- que es el circo ferial. Si algo bueno puede resultar de todo esto es que por fin nos vamos a librar de una impostura tan devaluada como es la del arte crítico.


El arte es suyo y no solamente porque lo hayamos puesto en el mercado y lo hayan comprado, si no que para ello, sin roche alguno, hemos cambalacheado obra por proyecto, inspiración por investigación, técnica por deconstrucción. Sin renunciar a lo viejo, ni asumir lo nuevo, y tan tranquilos. Les pertenece porque lo hemos hecho entendible y cuando no se “entiende”, en la mayoría de los casos, es porque es decorativo y no hace falta comprender nada. Un arte así, en la forma y en el fondo no desentona, en sus casas, al lado del clasismo y el racismo del que ingenuamente nos sentimos lejos.


Es suyo porque hemos desactivado sus siete potencias, porque hemos puesto, como sicarios, nuestra arrogancia y prepotencia a su servicio, a su gusto. El arte les pertenece y pueden disponer de él como se les dé la gana, como ahora con las listas negras, convirtiendo en comunistas a artistas de derecha. O aplicándole botox a Juan Javier Salazar en Venecia. O despidiendo a profesores y expulsando a un estudiante de Corriente Alterna por supuesto adoctrinamiento. Por rojos.


Una vez ha quedado claro que ellos con su terruqueo son unos majaderos, creo que conviene preguntarse por el apelativo que merecemos nosotros con nuestras misias intenciones de bomberos voluntarios llegando tarde a cada incendio. A éste y a todos los desastres, pues cada catástrofe es, en parte, fruto de nuestra inacción. Colaboramos prestos, y eso nos honra, en iniciativas solidarias para los que más lo necesitan, pero no la vemos cuando la cosa es con nosotros. Nos atan las manos la disonancia de individualidades, las agendas del yo y la incapacidad de pensar en colectivo, haciendo a la postre imposible cualquier forma de autoorganización, cualquier hipótesis de emancipación. Haciendo inviable, no ya una profesión, si no lo que es peor: un oficio.




Un arte de nadie


Estamos fritos porque -tan siquiera pensar- una alternativa a todo esto cuesta mucho esfuerzo, y porque es probable que no exista manera de cambiar los marcos de recepción, las lógicas de intercambio, las coordenadas del deseo, sin construir, en fín, otra economía del arte. ¿Otra ecología? Y pretender hacerlo además sin que el resto de las cosas tampoco cambie. No vaya a ser que se muden a Miami y no cerremos esa venta.


Ya que probablemente no lograríamos gran cosa empeñándonos solamente en hacer un arte que no entiendan, no compren, no se antojen los ricos; quizás sea el momento de apostar por otras cosas. Por la sabiduría. Teniendo claro que esa opción es algo que toma la velocidad de decantación de una estalactita y que sólo es posible a partir de una entendimiento geológico del tiempo. Es eso o el tempo mercantil y su constante aceleración. Es también la oportunidad de renovar la apuesta por lo común, por reconocer, reactivar y multiplicar las experiencias colectivas. Es decir hacer valer la ayuda mutua y la inteligencia de todos. Hay que luchar por todo eso o mejor nos dedicamos a las carreras de caballos. Y cómo esa urgente recuperación de tiempo y espacio es previsible que no dé plata, tocará ganarse el pan de otra manera.


Mejor que un arte para todos; mejor que un arte de todos, mejor que todo eso es un arte de nadie, sin propietarios ni coleccionistas. O un arte oficinista como el de Teresa Burga, o un arte de bus como el de Juan Javier Salazar que tanta falta nos hacen ambos en estos tiempos.


Precisamos urgentemente de un arte de taller mecánico, de bodega de la esquina, de poeta cuántico, de bazar de barrio, de azotea. Un arte nosotros. Tan fácil de gozar como complicado de explicar. Un arte difícil. Un arte incomprensible. Un arte mudo. Un arte jodido. Un arte extraño. Un arte oblicuo. Un arte para marcianos. Un arte de fiestas patronales. Un arte aeróbico. Un arte mutante y seriado. Un arte con eco. Un arte kamikaze. Un arte para el futuro, para un espacio que todavía no existe. Un arte invisible. Un arte elegante. Un arte de primer beso. Un silbido amoroso.


Porque ya tenemos un arte del yo, un arte patriotero, un arte gamonal, un arte empresarial, un arte de clase, un arte ignorante, un arte crítico, un arte reaccionario, un arte onanista, un arte bling-bling, un arte socialité, un arte ñoño, un arte ecológico, un arte reiki, un arte vivencial, un arte de la buena y la mala conciencia y varios nichos de arte, muy a su pesar, paporretero. Con curadores, además, para todos los rubros.



All Tomorrow’s Parties


Una de las tantas incógnitas que van a deparar estos tiempos inciertos pasa por descifrar qué tipo de anhelos y futuros estarán cobijando hoy aquellos niños, jóvenes, que ya saben que no van a querer otra cosa que ser artistas. Aunque todavía no vean muy bien como se concreta eso.


¿De qué estarán hechos sus sueños líquidos en este bucle de recalentamiento capitalista, digitalización radical y no retorno? Qué habrán estado haciendo todo este tiempo encerrados en sus casas, viendo su imagen reflejada en las pantallas, persiguiendo su deseo; construyendo, -a pesar de todo construyendo-, apropiándose de todo lo apropiable, y haciéndolo sin tiempo ni espacio, sin noción de escala, sin sombra ni refracción. Con una nueva materialidad, con un nuevo entendimiento del cuerpo. Tomándole la medida al mundo. Con su mojo intacto.


Lo que les espera podría no ser muy auspicioso si pronto no conseguimos poner en pie otros paradigmas, otras maneras de formular lo artístico, otros modos de compartirlo, de valorarlo y ya no de enseñarlo, si no de hacerlo. Todo tan quimérico e irreal, sí, que duele a los ojos. Pero la reciente experiencia muestra como el espacio entre el adocenamiento y la desobediencia cada día es más estrecho.



Terminando


Si algo tenemos que agradecerle a la pandemia y a la histeria anticomunista en la que nos hallamos es haber mostrado que el rey está desnudo. Que los modelos locales político y artístico -sobre todo el que denominamos contemporáneo- están en una profunda crisis. Que cuando los conflictos que los caracterizan, y que siempre están ahí, se cruzan, como es el caso, el trasfondo ideológico que normalmente optamos por obviar se muestra en toda su crudeza. Que contribuimos, sin querer queriendo, a mantener un statu quo obsoleto y lesivo para con la mayoría. Que cuando la ecuación arte y poder no pasa por las imágenes, los objetos, las metáforas o los símbolos; el mojo se esfuma y nos quedamos -nosotros también- calatos.


Deberíamos aprovechar la oportunidad para armar algo diferente. En la política y en el arte.



***



Esto es un hablar en voz alta antes que un ensayo articulado. Una mezcla de intuiciones insomnes y hallazgos de trabajo de campo. Una serie de ideas un tanto afiebradas y de diagnósticos tirando a apocalíticos, que empezaron hilvanándose como un lamento quejoso y que han ido tomando forma de argumentación cubista. De alucinación utópica. No podría ser de otra manera con tanta ira acumulada. Es lo que pasa por razonar con poca gasolina, en bajada y sin frenos. Puestos a imaginar un futuro diferente más vale hacerlo a lo grande y con todas las contradicciones en la guantera.



Scott Carey es nombre del protagonista de la película de Jack Arnold: The Incredible Shrinking Man (1957), y también el apodo utilizado por un artista limeño para esta ocasión.