Todas en la totalidad social: sobre el gesto político en ana c. buena

Teresa Cabrera


La pregunta de dónde surge el excedente es el punto en que Marx invita a dejar lo que llama la ruidosa esfera del intercambio, la superficie de la distribución económica, el mercado al que todos concurren libres e iguales, para trasladarnos a la sede de la producción, o dicho en una traducción más poética, a su morada oculta, que es el lugar en el que capital produce mercancías, pero sobre todo el lugar en el que el trabajo produce al capital.[1]


Es la esfera de la producción, que Marx trae a la luz. Con la revelación de las condiciones del mundo de la producción, la apropiación privada del fruto de las energías sociales se torna objeto de movilización política, y el control social de los medios de producción en el horizonte de nuestra liberación. Dicho de otro modo, el trabajo así visto se traduce en un hecho político. Han transcurrido más de ciento cincuenta años desde que Marx escribió «abandonemos esa ruidosa esfera». En ese tiempo, el dominio absolutista del mercado, su credo el consumismo, la exacerbación de la circulación global de mercancías y datos en tiempos y volúmenes nunca antes soñados, son hechos de la realidad que nos devuelven constantemente a la superficie de la distribución. La jerga del trabajo deslocalizado o remoto o en línea, tan en boga en estos tiempos, oscurece aún más, si es esto posible, la esfera de la producción.


De cualquier modo, a la revelación de la esfera de la producción siguió, en la línea de los pensamientos comprometidos con la liberación humana —el anarquismo, el ecosocialismo y el feminismo—, la misión de seguir descorriendo las cortinas del capital. El feminismo ha sido siempre incisivo en traer a la escena pública la reproducción social. Si la realización de la esfera de la producción es la mercancía, la realización de la esfera de la reproducción del prole-tariado, la posibilidad de la fuerza de trabajo actual y futura. Sus verbos son comer, dormir, convalecer, convivir, cuidar, cocinar, coser, recetar, repartir, reparar, componer, compartir… y todos los que sean necesario para reponer constantemente la fuerza de trabajo, para mantener humano lo humano y capitalismo el capitalismo. Nancy Fraser lo sintetiza bien: la reproducción social es una condición de posibilidad para el capitalismo tan necesaria como fue la acumulación primitiva.[2] Producción de mercancías y reproducción social son indesligables y su identificación con los sexos da forma a la subordinación moderna de las mujeres, cuya subjetividad ideal es la de la sujeción al amor familiar, la abnegación para el cuidado y la subordinación del placer sexual a la reproducción humana. Para las feministas anticapitalistas, la tarea es más compleja e implica trascender «las nociones de cuidados y trabajo doméstico (...)». Para estos feminismos, continuar críticamente a Marx implica «develar que todo modo de acumulación excede los términos de una economía sin política».[3]


El último libro de Valeria Román Marroquín, ana c. buena (La Balanza, 2021), se propone un asedio a ese espacio que se excede y se ubica justamente en lo que Fraser ha llamado una imbricación funcional entre producción y reproducción social.[4] Desde la identidad nominal del personaje ‘ana c buena’, esa ‘c.’ está diciendo dónde existir, cómo existir y a qué comportamiento ajustarse, revelando la tensión entre el mandato económico y la internalización de los ideales que echan sombra sobre las relaciones sociales, en soledad, sin cooperación ni solidaridad. ¿Cómo ‘c’ es buena sin liberación? Actuar «en nombre del orden / y la satisfacción sacra», «mantenerse espectro / al margen de la sobremesa», picar cebollas «a través de los mecanismos de la disciplina y entrega», acostumbrarse a «ser funcional y práctica / para la doméstica doctrina» (p. 7-8).


Instalado en esa imbricación, el cuerpo de ana define como malestar primordial el hambre (‘ana y el hambre’), un hambre orgánica que hace sospechar de cualquier elaboración racional o estética («no puedes alimentar a nadie / con palabras brillantes», p.23). Es también un hambre hecha gesto para estructurar la actuación retórica de ana como el personaje de una serie de panfletos, en un rapto de liberación en el que desaparece o se diluye el insistente vocativo ‘ana’.


Pero la sospecha no inmoviliza («hay formas más convenientes / de convivir complaciente / útil productiva con el temor», p. 39). Por el contrario, activa un dictado del fluir de la conciencia a partir de preguntas presentadas como triviales o rutinarias, (los poemas ‘ana, ¿cómo estás?’, p. 33, y ‘ana ¿en qué piensas?’, p.37) que son respondidas desde una crispación que recuerda a una formulación de Carmen Ollé en Una muchacha bajo su paraguas: «Ocultar la violencia era un juego peligroso: el mundo está hecho de violencia. Prefería la histeria a la fácil postura de mártir».[5]


De otro lado, esta sospecha movilizadora define una cuidada intencionalidad en develar las tensiones de una escritura en crecimiento que está explorándose a sí misma («ocupas así el goce de espectar / insatisfecha / de tus murmureos prácticos / líricos», p. 40). Explorándose para hablar no por todas, sino de todas en la totalidad social. Es decir, sobre lo que nos liga a las mujeres no como seres humanos sexuados o victimizados, sino en tanto sujetos inmersos en la trama del capital.





 

[1] Marx, K. (2008 [1975]) El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Vol.I Libro Primero. El proceso de producción del capital. Buenos Aires: Siglo XXI editores, pp. 213-214.

[2] Ver Fraser, N. (2014). Tras la morada oculta de Marx. Por una concepción ampliada del capitalismo. New Left review Nº 86, mayo - junio 2014.

[3] Ver Expósito, J. (2021). El sonido del silencio. Una lectura feminista marxista de la relación capital-trabajo. En: El ejercicio del pensar. Número 10- Junio 2021. Boletín del Grupo de Trabajo Clacso- Herencias y perspectivas del marxismo.

[4] «El trabajo remunerado no podría existir en ausencia del trabajo doméstico, la crianza de los hijos, la enseñanza, la educación afectiva y toda una serie de actividades que ayudan a producir nuevas generaciones de trabajadores y reponer las existentes, además de mantener los vínculos sociales y las interpretaciones compartidas. De igual modo que la ‘acumulación originaria’, por lo tanto, la reproducción social es una condición previa indispensable para la posibilidad de producción capitalista». Fraser propone que aún más preciso sería el empleo del término polanyiano, ‘dependencia’. En: Fraser, N. (2014). Tras la morada oculta de Marx. Por una concepción ampliada del capitalismo. New Left review Nº 86, mayo - junio 2014.

[5] Ollé, C. (2020 [2002]) Una muchacha bajo su paraguas. Lima: Intermezzo tropical.


[*] Teresa Cabrera Espinoza es escritora. Ha publicado los poemarios Sueño de pez o neblina (AUB, 2010), El nudo (AUB, 2012) y Las edades (AUB, 2021). Es editora de RevistaQuehacer.pe e integrante del comité editorial de Pesapalabra, boletín de poesía y crítica.