Apuntes para pensar en voz alta ana c. buena

Belén Gómez de la Torre


Si tuviéramos que clasificar las acciones de un ser humano promedio, probablemente escribir o leer poesía se encontrarían en el extremo opuesto de barrer, cocinar, o servir la mesa esperando que los comensales terminen para proceder a recoger y fregar los platos … El estrés del día a día se opone a la contemplación propia de la poesía. O eso suele pensarse. Por eso queriendo laurearnos, nos encebollamos. Debo decir, sin embargo, que los pensamientos más lúcidos los he tenido en la rutinaria y repetitiva tarea de lavar los platos. Lamentablemente el fregadero está lejos del escritorio y cuando logro llegar hasta ahí… esa colección de palabras, ese atlas de imágenes se ha diluido. No es gratuita la cita de Nikki Giovanni con la que comienza la primera parte del poemario: «Si escribes un poema doméstico eres tonto» [«If you write a domestic poem you’re foolish»]. Todo aquello que pueda brindarle profundidad y sentido al huracán aplastante de lo doméstico, se agradece.


Nota 1: En ana c. buena conviven la poesía y lo doméstico de manera precisa.


Hace un año y siete meses, cuando se declaró el estado de emergencia sanitario y nos vimos reducidos a nuestras casas a inicios de la pandemia, el trabajo doméstico cobró una importancia que no había tenido antes. El poemario fue escrito en su mayoría durante la primera cuarentena del año pasado. Hace unos días estuve viendo el conversatorio sobre la exposición colectiva Hay algo incomestible en la garganta. Lo que más llamó mi atención de aquel conversatorio virtual ocurrió en el minuto 53’ 49’’. Mientras el curador conversaba con la artista Cecilia Jurado sobre arte, feminismo y el rol de la mujer, un niño pequeño irrumpió en la imagen saltando como un bólido sobre la cama de su madre (y artista) y la empieza a llamar sin cesar pidiéndole algo. Más que una anecdótica interrupción, el tema del que conversaban irrumpió y se materializó. Algo así ocurre en este poemario.


Nota 2: En ana c. buena irrumpe lo doméstico y se materializa.


Picar cebollas, emplatar la beterraga en trozos, refregar los platos… todo aquello que no es contado, que es editado de nuestras vidas por ser infraordinario. No puedo dejar pasar la alusión a este espacio acogedor y la vez esclavizante: la cocina a la que Valeria hace referencia constantemente en el poemario. Este espacio está presente en la poesía de Valeria desde feelback: «Escena uno interior cocina / aspiro la grasa en las ventanas de la cocina mi madre la tiene / pegada en su nariz el tiempo la obligó a acostumbrarse / a no quejarse / a no sentir falta de aire» (p. 17).

Es en este espacio (con su propia semántica y contrataques) donde Valeria se detiene. Como dice la filósofa Silvia Federici: «nuestra revuelta se lucha en la soledad de nuestras cocinas» (El patriarcado del salario. Críticas feministas al Marxismo, p. 41). Pero ¿quién es ana? Creo que al leer «ana c.» visualmente me es inevitable completar esa elipsis de la letra C cerrando el círculo, transformando a nuestra ana c. en Anna O. Todo calza si recordamos que se trata del pseudónimo de Bertha Pappenheim, la mujer que formó parte de los Estudios sobre la histeria, por Josef Breur y Sigmund Freud. Anna O. sufría de ceguera, sordera, parálisis parcial de brazos y piernas, estrabismo ocular y parafasia (afección en el lenguaje). Eureka. A su manera, ana es también un sujeto trozado, como lo muestra el grabado de la tapa: esa mano rebanada expresa el socavamiento al que está expuesto la asalariada. Sin embargo, sabemos que ana no es solo esta Anna.


Nota 3: ana, como la otra Anna, de alguna manera somos todas y es aquí donde el poemario adquiere cierta universalidad.

Por otro lado, no es casual que ana se manifieste hambrienta, deseante. Mientras que en el psicoanálisis la palabra cura, en la poesía muestra la ausencia de sus referentes: «Si digo agua ¿beberé? si digo pan ¿comeré?» dice Pizarnik. En ‘ana y el hambre. cuatro panfletos’, la poesía adquiere un tono de denuncia y replica: «no puedes alimentar a nadie / con palabras brillantes» (p. 23). Hace unos días en una clase, la filósofa Andrea Soto compartió un fragmento de Una revuelta sin imágenes de Pilar Monsell, una revuelta realizada por mujeres en la ciudad de Córdoba durante el mes de mayo de 1652, conocida como el motín del pan, «uno de los levantamientos más desconocidos de nuestra historia». Lo interesante de este acontecimiento es que no cuenta con imágenes, no existe registro visual. Creo que aquí está lo importante en el poemario. Valeria registra lo doméstico en el campo de la poesía.


Nota 4: en ana c. buena se muestra aquello que no tiene imagen.


Me es inevitable pensar en los cacerolazos que oímos durante la cuarentena y esta forma de revuelta desde el espacio doméstico. Por otro lado, pienso en la labor de ana: saciar el hambre de otros, hambre insaciable de todos los días: «picar cebollas, / resolver el estómago que mengua / —los estómagos de otros— / mantenerse espectro / al margen de la sobremesa» (p. 7). Quiero quedarme con esa imagen: «mantenerse espectro, al margen de la sobremesa». Creo que a las que servimos es fácil sentirnos identificadas. Podemos oír el murmullo de las voces gruesas debatir sobre asuntos ‘importantes’, política y —por qué no— filosofía, mientras recogemos la mesa y lavamos los platos.


En esta segunda parte del poemario la denuncia se hace explícita y recuerda cierta ironía: ¿se trata de un poema o un panfleto?


Nota 5: en ana c. buena irrumpe lo doméstico, pero aquí lo doméstico no se romantiza, se critica.


El imperativo social que revela su propio nombre, «c. buena», aparece en la poesía de Valeria desde su primer libro: «Ahora tengo amigos / soy buena persona / armo planes y compré una agenda / bajé de peso / esas cosas» (feelback, pp. 33-34). En este poemario deja el sarcasmo y denuncia abiertamente que no se trata de un asunto personal, estamos hablando de estructuras sociales, políticas y económicas: «los garbanzos los aderezos / a fuego lento dejo / que agarren el sabor de todo lo demás / con orgullo en la mejor olla que podía heredar / —generaciones de mujeres / con los dedos ampollados / por las estructuras metodológicas / de las disciplinas—» (p. 13).

ana c. buena comienza revelando una cruel verdad: «los actos de amor tienen efectos materiales». Y es que esta sentencia toca un problema estructural, el trabajo doméstico invisibilizado, no asalariado. Esta división del trabajo esconde tras el amor horas de trabajo materiales: de cansancio (no mental ni imaginario, sino físico).


Nota 6: El poemario realiza una aguda denuncia al capitalismo y a la división del trabajo: «ojalá y las raíces estén frescas / ojalá por ahora y sea suficiente / las horas que pasa un solo vegetal cultivándose / las manos que lo arrancan de la tierra / la dureza del salario del jornal / las hernias brotando irreversibles del agro / hacia la riqueza nacional hacia / las horas del alba primer fragmento / de la rutina hacia las horas del almuerzo» (p. 11).


Mientras escribo estas líneas, una amiga me llama a preguntar cuántos pañales utiliza un bebé para hacer un regalo a unos nuevos padres. Le comento que en los primeros días sueles cambiar pañales después de cada vez que das de lactar. Si es lactancia a libre demanda, más o menos 20 pañales al día. En ese momento, la imagen de la ruma de pañales, que algunas hemos tenido la suerte de recibir de nuestros amigos, deviene horas de trabajo. Intento calcular, sin éxito, cuántos pañales he cambiado en mi vida. Los pañales han dejado de ser solo pañales tras esta primera sentencia de Valeria: «emplatada la beterraga en trozos y trozos / no tienes ni idea del tiempo alimentándote / las horas transcurridas en el ollón / fuego alto reposa la hornilla predilecta / las horas acumulándose en la cáscara» (p. 11).


Nota 7: ana c. buena está cargado de advertencias e imágenes lúcidas. Resuena el último verso de Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga) de Cesareo Martínez: «En días interminables hemos gastado nuestros cuerpos inútilmente».


Que ciertos premios de literatura mencionen con sorpresa el oficio de limpiadores de algunos de sus ganadores revela que no esperamos que ciertas labores formen parte de este grupo. Tal es el caso de Enrique Ferrari, escritor argentino muchas veces premiado (Casa de las Américas 2009; mejor ópera prima en la Semana Negra de Gijón 2011) y limpiador del metro; o Caitriona Lally, limpiadora del Trinity College de Dublín y ganadora del Premio Rooney de Literatura 2018, otorgado por esa misma institución.


Devenir menor. Es devenir revolucionario.


Y es aquí dónde me pregunto si el poemario de Valeria Román podría inscribirse en una literatura menor. Deleuze y Guattari dicen que «no hay nada importante o revolucionario excepto lo menor». ana le da voz a una clase. Crea conciencia de subyugación. Esta nos revela los mecanismos que la producen pero también hace manifiesta su potencia para constituir un mundo diferente. La literatura menor «permanece consciente y celebra su identidad marginal, formando a partir de ella una conciencia revolucionaria». En ella, todo se vuelve político, especialmente lo que parece más personal.




 

[*] Belén Gómez de la Torre Matos es filósofa, historiadora del arte y profesora. Desde el 2018 viene desarrollando un proyecto musical llamado Single Mother